Pocos astrónomos, si es que hay alguno, dudan hoy día de
que el Universo esté en vertiginosa expansión. Como una colosal burbuja que se
hincha, el espacio-tiempo se dilata en el Cosmos y, a gran escala, todo se aleja
de todo. Este concepto sorprendente de la astronomía actual nunca pasó por la
imaginación de nuestros antecesores. Para los antiguos astrónomos, y mucho más
para los observadores del cielo en las primitivas civilizaciones, el Firmamento
aparecía estático, inmutable y eterno.
Es
cierto que el problema central de los antiguos filósofos griegos era explicar
el movimiento, los cambios naturales de las cosas que observaban en la
naturaleza. Por qué, por ejemplo, nacen, crecen y mueren los seres vivos o el tronco
de leña se transforma en cenizas al arder. Dieron soluciones profundas, que
culminaron en el hilemorfismo de Aristóteles: los seres son esencialmente
sustancias afectadas de forma y accidentes, y lo que cambia es la forma o los
accidentes mientras la sustancia o materia prima permanece. Pero es que además,
para los filósofos griegos sólo hay cambios en el mundo sublunar y la trama o
estructura de los cielos más allá de la Luna permanece eternamente inmutable.
Ya en el siglo V a. de C. Parménides había dicho: ”El mundo verdadero permanece
inmóvil y sin tiempo. No tiene principio ni fin.”
Con
el advenimiento del Cristianismo se afianza la idea de la creación del mundo de
la nada por Dios. El problema central de la filosofía pasa a ser la creación en
el tiempo, que explica el porqué de la existencia del Universo. Dios es la
causa primera del Universo. Pero el pensamiento cristiano concebía la creación
como un acto de la voluntad divina, revelado en el Génesis, que se hizo de una
vez al principio de los tiempos, sin evolución posterior. Durante siglos
perduró la creencia de que todo el Universo, a partir de la
Creación, estaba más o menos igual. De manera que la idea griega de un Universo
inmutable persistió en Occidente hasta el siglo XX. Por simplificarlo en una
sola frase: desde Parménides hasta el astrónomo norteamericano Edwin Hubble, en
1926, el mundo se concebía inamovible en su conjunto.
¿Por
qué los científicos han cambiado tan radicalmente la imagen del Cosmos? ¿Cómo
se ha llegado en la actualidad al convencimiento, sobre una base científica, de
que el Universo evoluciona expandiéndose? Es curioso que el concepto de un
Universo en evolución, la idea de que el mundo está en cambio constante, empezó
a abrirse paso y a consolidarse en el mundo científico ya en el siglo XIX en
dos ciencias muy diferentes de la astronomía: la biología y la geología. En
biología con la teoría de la evolución de las especies, de Charles Darwin, y en
geología con las teorías de Charles Lyell y Thomas Hutton sobre los procesos
geológicos.
En
las primeras décadas del siglo XX, gracias a la construcción de grandes
telescopios ópticos, Hubble descubrió que existen innumerables galaxias exteriores a nuestra propia Galaxia,
la Vía Láctea, y que esas galaxias están a
distancias enormes. El análisis espectral de su luz reveló un corrimiento
espectral hacia el rojo, que aumenta proporcionalmente con la distancia de las
galaxias y, que en virtud de las teorías de la gravitación relativística
indican una dilatación del espacio-tiempo del Universo.
Pero
si el Universo se expansiona, retrocediendo en el tiempo se llega
necesariamente a un estado inicial en el que toda la energía y materia tuvo que
estar concentrada en un volumen pequeñísimo, a densidades y temperaturas
altísimas. Aunque este Universo primitivo escapa a la imaginación, los
científicos pueden representarlo matemáticamente por medio de modelos
cosmológicos construidos sobre la teoría de la relatividad de Einstein y la
teoría cuántica de Planck. El modelo cosmológico estándar postula un instante
inicial, un punto singular del espacio-tiempo, en el que se produjo una gran
explosión, llamada el “BIG BANG”, que marcó el origen del Universo. Se habla
entonces de una edad del Universo, a partir de esa explosión, que las observaciones
y las teorías cifran en casi 15.000 millones de años. Lo que había antes del origen,
si es que había un antes, y la causa de la explosión son cuestiones que están
fuera de la descripción científica del
modelo.
La
finalidad del conocimiento científico es encontrar relaciones causales entre
los fenómenos observados en el Universo. Los científicos parten del principio
fundamental de que cualquier proceso de la naturaleza revela huellas del pasado
y, por otra parte, origina huellas en los sucesos futuros. De manera que los procesos
observables forman cadenas de causas y efectos, que se entrelazan en una red de
regularidades o leyes físicas según las cuales se producen los sucesos. La
investigación del mundo natural viene siguiendo este esquema desde Lucrecio
(siglo I a. de C.), quien afirmó que de la nada no puede salir algo por sí
mismo, igual que ningún objeto del Universo puede desaparecer sin dejar rastro.
Por eso los científicos nunca suponen, mientras sea posible, que una cadena de
causas y efectos se rompe en algún punto. Siempre intentarán encontrar una
transición, un paso de un suceso a otro…pero nunca una ruptura en el acontecer
de las cosas. Pues una cosa es clara: ni un comienzo absoluto a partir de la
nada, ni un final absoluto que desemboque en la nada, de series de sucesos
pueden ser objeto de una explicación
causal.
Aquí
hay que establecer una distinción sutil entre origen y creación. El origen
natural a partir de la nada es contradictorio y metafísicamente imposible, y
eso es lo que dijo Lucrecio. Sin embargo, la creación de la nada por una
divinidad omnipotente no encierra ninguna contradicción, siempre que se
presuponga la existencia de la divinidad. De la nada absoluta, sin divinidad,
no puede tampoco crearse nada por falta de creador.