Juan Luis Arsuaga
(Codirector del Proyecto Atapuerca)

EL COLLAR DEL NEANDERTAL

En busca de los primeros pensadores

PRIMERA PARTE. Sombras del pasado.

CAPITULO 1.
La especie solitaria.

Tan semejantes, tan diferentes

Nos hemos quedado solos en el mundo. No hay especie animal que se parezca verdaderamente a la nuestra, ya que somos únicos. Un abismo nos separa en cuerpo y sobre todo en mente del resto de las criaturas vivientes. Ningún otro mamífero es bípedo, ninguno controla y utiliza el fuego, ninguno escribe libros, ninguno viaja por el espacio, ninguno pinta cuadros, y ninguno reza. Y no se trata únicamente de una cuestión de matiz, sino de todo o nada: es decir que no hay animales que sean medio bípedos, hagan pequeños fuegos, escriban frases cortas, construyan rudimentarias naves espaciales, dibujen un poco o recen de vez en cuando. Si somos tan diferentes del resto de los mamíferos, ¿quiere eso decir que llevamos mucho tiempo evolucionando por separado? En absoluto. Nuestra estirpe no es, ni muchísimo menos, de las más viejas: no pasa de unos escasos cinco o seis millones de años. Por aquel entonces se separaron las líneas que dieron lugar a los chimpacés por un lado y a nuestra especie por el otro. La escisión de la línea de los gorilas se produjo muy poco antes. ¿Cómo se explica entonces el profundo foso que nos separa de las demás criaturas? La respuesta es doble: por un lado, en algunas características hemos evolucionado muy deprisa, cambiando mucho en poco tiempo; por otro lado, todas las formas intermedias entre nosotros y los chimpacés han desaparecido.

Un cuerpo sin mente

Las aves están aisladas de los demás vertebrados desde que hace 65 millones de años una gran hecatombe acabó con todos los dinosaurios o, si se prefiere, con los dinosaurios que no eran aves. Sin embargo, nuestro aislamiento es mucho más reciente, porque todavía éramos antropomorfos hace 7 millones de años; en realidad aún no éramos nada, porque por aquel entonces no se habían producido las dos ramificaciones sucesivas que separaron las líneas de los gorilas, los chimpacés y los humanos.

Pero si el estudio de los cuerpos sin mente nos enseña cuál es nuestro lugar entre los primates, también nos muestra que somos diferentes de nuestros más próximos parientes, los chimpacés, porque nosotros somos bípedos y ellos cuadrúpedos, y todo nuestro cuerpo y nuestro esqueleto reflejan esa diferencia en la locomoción.

Hombres-mono

Entre los chimpacés y el hombre aparecen cuatro nuevas especies: Ardipithecus ramidus, Australopithecus anamensis, Australopithecus afarensis y Australopithecus africanus. Ninguna de ellas existe hoy en día, porque desaparecieron hace más de dos millones de años. Las cuatro son especies de homínidos, es decir, que pertenecen a nuestra propia línea evolutiva o estirpe, ya que son posteriores a la ramificación que separó nuestro destino evolutivo del de los chimpacés.

No cabe esperar que los chimpacés fósiles vengan a rellenar el foso que nos separa de sus descendientes vivos, por lo que no son importantes en esta discusión: nadie cree que haya habido en el pasado chimpacés más bípedos o más inteligentes que los actuales. Lo que se necesitan son formas de algún modo intermedias, "eslabones perdidos" en la retórica tradicional, o dicho aún más crudamente: "hombres-mono".

El Ardipithecus ramidus vivió en lo que hoy es Etiopía hace casi cuatro millones y medio de años. Todo son especulaciones acerca de su tipo de locomoción. Sabemos que pasaban mucho tiempo subidos a los árboles, para alimentarse y para dormir, aunque se desconoce por el momento cómo se desplazaban de un árbol a otro. Presentaba, sin embargo, una característica que lo relaciona con los humanos, y no con los chimpacés: los caninos se habían empezado a reducir. Por este único rasgo se les sitúa entre los homínidos.

Hoy por hoy, podemos afirmar que el Ardipithecus ramidus era un homínido muy antiguo y primitivo del este de Africa, y que nosotros procedemos de esta especie, o de una muy similar, que vivió hace unos cuatro millones y medio de años en Africa, probablemente en su región oriental.

El siguiente homínido fósil es el Australopithecus anamensis. Todos los fósiles han sido datados recientemente con mucha precisión entre hace 4,17 y 4,07 millones de años. Esta especie presenta unas muelas más grandes y con esmalte más grueso que las del Ardipitecus ramidus, lo que nos dice que además de frutos tiernos también ingerían algunos alimentos vegetales que necesitaban una prolongada masticación y producían un intenso desgaste de las coronas dentales. Todos estos productos vegetales se encuentran en bosques más secos que las pluvisilvas de sus presuntos antepasados de la especie Ardipithecus ramidus, por lo que se piensa que el Australopithecus anamensis había cambiado de hábitat, o mejor, que su hábitat había cambiado, haciéndose más seco. Se ha llegado a la conclusión de que estos homínidos ya eran bípedos. A falta de otra especie de la misma época, podemos afirmar provisionalmente que se trata de antepasados nuestros.

Entre hace unos 4 y 2,9 millones de años vivió otra especie de homínido conocida como Australopithecus afarensis. Sus características dentarias nos siguen remitiendo a una alimentación casi totalmente vegetariana en un bosque seco y con claros. Su postura era erguida, aunque los brazos eran largos en relación con las piernas: todavía podían trepar muy bien a los árboles.

El Australopithecus afarensis era una especie de pequeño tamaño en comparación con el nuestro, y apenas más grande que los chimpacés. Los dos fósiles estrellas de la colección son un esqueleto femenino muy completo apodado Lucy y un cráneo masculino casi entero. El volumen del cerebro de este cráneo se ha estimado en algo más de 500 cc. Una vez más, y como ocurre con las especies anteriores de homínidos, no es posible estar seguros de que el Australopithecus afarensis sea nuestro antepasado directo.

La siguiente rama en dirección hacia la nuestra corresponde al Australopithecus africanus. Sus fósiles se datan entre hace 3 millones y algo menos de 2,5 millones de años. Físicamente eran similares a los Australopithecus afarensis, y su cerebro no parece haber crecido, al menos apreciablemente.

De lo que se come se cría

Aunque se cree que el Australopithecus africanus vivía en un ambiente forestal no muy diferente al del Autralopithecus afarensis, tenía las muelas más grandes, lo que indica que su alimentación requería una prolongada masticación. El crecimiento del tamaño de los molares que se detecta desde el Australopithecus afarensis al Australopithecus africanus me hace pensar más en granos, nueces y órganos subterráneos de reserva que en productos animales. En todo caso parece deducirse de lo que nos cuentan los isótopos estables del carbono que los australopitecos no vivían encerrados en el bosque denso y frecuentaban también ambientes despejados.

Casi humanos

La rama Homo más alejada de nosotros, la más próxima a los australopitecos, corresponde a una especie llamada Homo habilis, la primera del género. Su registro va desde hace 2,3 millones de años hasta hace 1,5 millones de años. Mi hipótesis preferida es que en el este de Africa existió entre hace 3 y 2,5 millones de años una especie próxima al Australopithecus africanus, a partir de la cual evolucionó el Homo habilis. El cuerpo del Homo habilis no era diferente del de los australopitecos: pequeño de estatura, los brazos eran largos y las piernas cortas. Se nota en Homo habilis una cierta expansión del cerebro con respecto de los australopitecos. Era un animal distinto de los anteriores homínidos también en términos ecológicos. Es la primera especie que no está completamente ligada a un medio forestal, parece haber habitado paisajes mucho más abiertos, como las sabanas con árboles y matorrales. Este cambio ecológico es de la máxima importancia, porque abre la puerta a cambios aún mayores que vendrán más tarde, y que harán posible que los descendientes del Homo habilis acaben viviendo en toda clase de regiones, climas y ecosistemas.

El cambio de hábitat que se produce con el Homo habilis coincide en el tiempo con un gran cambio climático, y que puede ser su consecuencia. El caso es que hasta hace 2,8 millones de años las oscilaciones climáticas se producían cada 23.000 años, aproximadamente, y eran de baja amplitud: no cambiaban mucho las cosas. Hace 2,8 millones de años empezaron a producirse oscilaciones cada 41.000 años, y esta vez eran de una amplitud mucho más considerable, de modo que en las épocas frías se acumulaban grandes masas de hielo alrededor de los polos. Estos periódicos enfriamientos y desecaciones del planeta parecen haber tenido un enorme impacto ecológico en todas partes, incluyendo las regiones africanas donde vivían los homínidos, de manera que la selva lluviosa se redujo drásticamente y los ecosistemas abiertos se extendieron a su costa. La expansión de las sabanas, y el cambio vegetal que supuso, se vio acompañada por la evolución de varias líneas de mamíferos, que produjeron especies adaptadas al nuevo medio. Y entre ellas estaba el Homo habilis.

CAPITULO 2.
La paradoja humana

El invento

La adaptación del Homo habilis a los ecosistemas despejados y herbosos, las sabanas, no sólo supone un cambio de hábitat, sino también un cambio de nicho ecológico, es decir, del papel que la especie juega en la cadena de la vida: en otras palabras, de cómo se ganan la vida sus miembros. Por primera vez la carne y las grasas animales pasaron a formar parte importante de la dieta de los homínidos.

La novedad procede de la mente, y por eso puede considerarse el primer invento: la piedra tallada. Los primeros artefactos líticos (o sea, de piedra) datados con seguridad cuentan con unos dos millones y medio de años de antigüedad. Los arqueólogos se refieren a esta industria como Olduvayense, o Modo Técnico I.

Desde que los caninos empezaron a reducirse en el Ardipithecus ramidus los homínidos no disponen de buenas herramientas naturales para cortar la piel y la carne de los animales muertos, ni tampoco tienen modo de fracturar los huesos para extraer el tuétano, por lo que los instrumentos de piedra realmente representaron la llave, o una de ellas, para abrir una nueva despensa.

Pienso que, pese a lo espectacular de la aparición de los primeros artefactos, no reflejan un salto mental tan transcendental como se ha pensado. En todo caso, los filos producidos por los instrumentos fabricados por el Homo habilis les facilitaron la entrada en un nicho ecológico nuevo, el de los comedores de carne. Esta es la razón de que quizá deba calificar al Homo habilis sólo de casi humano, ya que su aparición representa en la evolución humana un paso más importante en lo ecológico y en lo social que en lo cognitivo.

En el caso de los primeros homínidos, si se demostrase que las piedras eran acarreadas desde que se ponían en marcha o, más aún, que los utensilios eran preparados con anticipación, en lugar de fabricarlos después de hallado el cadáver, aún estaría más firmemente convencido de su capacidad de planificación, es decir, de que los homínidos sabían lo que querían hacer.

El primer humano

El rango cronológico de la especie Homo ergaster se extendería entre algo menos de dos millones de años y aproximadamente un millón de años. Su distribución geográfica podría haber sido muy amplia. En este caso, y por primera vez, nos encontraríamos ante un homínido identificado tanto en el este de Africa como en el sur del continente.

Hay quien ve en el posible (que no seguro) solapamiento entre los últimos fósiles de Homo habilis y los primeros de Homo ergaster un problema para aceptar que la segunda especie proceda evolutivamente de la primera. Sin embargo, cuando ambas jueguen el mismo papel en el ecosistema competirán entre sí allí donde convivan y la especie antecesora podría terminar por desaparecer. Este mecanismo, a grandes rasgos, es el que se postula para el tránsito Homo habilis - Homo ergaster y para otras secuencias parecidas en la evolución humana.

El Homo ergaster era muy diferente de todos los homínidos anteriores en muchos sentidos importantes. Para empezar su cuerpo había cambiado, adquiriendo una talla y unas proporciones semejantes a las nuestras, y bien diferentes de los australopitecos y primeros Homo. Por otro lado, se produjo un aumento importante del volumen encefálico en Homo ergaster, alcanzando en los cráneos mejor conservados valores de 804 cc, 850 cc y 900 cc. Si se produce un aumento del peso del cerebro en el tránsito de una especie a su descendiente es, probablemente, porque era muy importante ese incremento, pese a su enorme precio energético. Si no fuera tan necesario que creciese el cerebro la selección natural habría favorecido el que se mantuviera constante, aunque el cuerpo creciese. Además, en relación con algunos aspectos importantes de la fisiología, y a la vez del comportamiento, lo que cuenta es el tamaño absoluto del cerebro, y no el relativo. Me estoy refiriendo a la duración del período de desarrollo, que es en nuestra especie el más largo de todos los primates, implicando un prolongado período de dependencia y de necesidad de alimentación y cuidados antes de que el individuo llegue a adulto. En este tiempo también aprende uno a relacionarse con los demás y a vivir en sociedad, recibiendo unas lecciones del máximo valor, porque ningún animal de una especie social, y la nuestra lo es en grado sumo, puede sobrevivir solo. En todos los homínidos anteriores al Homo ergaster el desarrollo duraba lo mismo que en los chimpacés, o poco más. Siendo el tamaño del cerebro del Homo ergaster intermedio entre el de los chimpacés y el nuestro, cabe suponer que también fuera intermedia la duración de su infancia, adolescencia y vida total. Y un largo período de desarrollo supone también un dilatado tiempo de aprendizaje y preparación para la vida adulta. Por todo lo expuesto concedo mucha importancia a la prolongación de este tramo de la vida, porque la considero un requisito esencial para que fuera posible una sociedad compleja, y también para el desarrollo de una tecnología cada vez más elaborada. Los bifaces Hace 1,6 millones de años aparece en Africa un tipo nuevo de instrumentos de piedra (ahora sí que podemos utilizar el término “instrumento” porque los objetos a los que me voy a referir sin duda fueron confeccionados para ser utilizados como herramientas). Se trata de los bifaces, unos utensilios de gran formato tallados por las dos caras con una perfección y simetría evidentes. Pueden ser de varios tipos: hachas de piedra, hendedores o picos. El ciclo industrial al que pertenecen se llama Achelense o Modo Técnico II y refleja un importante salto tecnológico respecto del Modo I, porque esta vez se reconoce la búsqueda deliberada, es decir, consciente, de instrumentos con una forma determinada, que sólo existía antes en la mente del autor. Estos primitivos seres humanos sabían lo que se traían entre manos.

Por su cronología, se piensa que los bifaces fueron fabricados por el Homo ergaster. La invención y extensión del Modo II no representa un cambio biológico hacia una mayor inteligencia. Ahora bien, aunque una nueva tecnología no suponga necesariamente la aparición de una nueva especie, también es cierto que una industria muy compleja no es compatible con una mente muy simple.

Con el Homo ergaster comienza a manifestarse en toda su tremenda dimensión la extraordinaria paradoja que representa en la biología los seres humanos, las personas: anatómicamente sólo unos primates con postura erguida, una novedad evolutiva interesante pero en ningún sentido más extraordinaria que el vuelo de los murciélagos o la adaptación al mar de los cetáceos; y al mismo tiempo unos organismos tan diferentes de todas las demás criaturas vivientes por su asombrosa inteligencia, capacidad de reflexión y plena conciencia de sí mismos en todos sus actos. Y además, hace menos de dos millones de años sucedió algo muy importante: la evolución humana pasó de ser un fenómeno localizado en un único continente, a convertirse en un suceso de escala mundial; los bípedos pensantes se extendieron más allá de Africa.

La rama cortada

Pero antes de salir del continente - cuna tengo que referirme brevemente a una rama muy notable del árbol de la evolución humana: la de los parántropos. Estos eran unos homínidos corporalmente muy parecidos a los australopitecos, hasta el punto de que muchos autores los incluyen dentro de ellos; también son superficialmente similares al Homo habilis. Los parántropos experimentaron una especialización muy notable en su aparato masticador, que desarrolló extraordinariamente para poder procesar grandes cantidades de productos vegetales duros y fibrosos, muy abrasivos. Una cuestión que no está del todo clara es la de dónde injertar la rama de los parántropos en el árbol de los homínidos.

El poblamiento de Asia

Hasta aquí ésta ha sido una historia exclusivamente africana, como la de los gorilas y los chimpacés. Los homínidos que hemos tratado antes del Homo ergaster pertenecen sin excepción al tipo de las especies de hábitat restringido. Unos homínidos, los primeros, vivieron en el bosque, y otros posteriores en la sabana, aunque unos y otros lo hicieran siempre en Africa. Sin embargo, para adaptarse a las nuevas y variadas situaciones ecológicas que los humanos encontraron fuera de Africa no se produjeron modificaciones morfológicas ni fisiológicas espectaculares; la flexibilidad ecológica se la proporcionó un único órgano: su cerebro.

Los primeros fósiles asiáticos se encuentran en Java y China. Aunque Java es actualmente una isla, los humanos llegaron a ella andando, durante las glaciaciones, y por efecto del descenso del nivel del mar que producen, estaba unida al continente asiático.

Estas fechas tan antiguas de Java (1,8 - 1,6 millones de años) coinciden con las de los primeros Homo ergaster de Africa, y podria tratarse de la misma especie: Homo erectus. Las capacidades craneales de todos los fósiles javaneses no van mucho más allá de las de los fósiles de Homo ergaster y varían entre 813 cc y 1.059 cc. Hay muchos autores que consideran que no debe hacerse distinción entre los fósiles de Homo ergaster y los de Homo erectus.

El poblamiento del continente asiático tuvo que ser sin duda anterior al de Java, porque los humanos hubieron de recorrer medio mundo para llegar hasta la isla.

El Homo erectus no fabricaba la industria Achelense, tal vez porque nunca necesitó fabricar bifaces, quizá porque salió de Africa antes de que allí se originase el Modo Técnico II, y luego permaneció aislado de las poblaciones humanas que sí conocieron este tipo de instrumentos. Pero mientras que el Homo erectus se enseñoreaba del Lejano Oriente, otras dos evoluciones diferentes, con distintos protagonistas, tenían lugar en Europa y Africa.

CAPITULO 3
Los neandertales

Las glaciaciones y la evolución humana en Europa

El cuaternario es un periodo caracterizado por un enfriamiento general del planeta, que aunque venía de antes se acusa especialmente en el último millón de años: en ese tiempo se ha producido aproximadamente un recrudecimiento de frío cada cien mil años, que se han dejado sentir especialmente en las tierras del hemisferio norte, son las llamadas glaciaciones.

Era tal la cantidad de agua que se helaba en las glaciaciones que el mar llegaba a descender más de 100 m respecto del nivel actual. Entre estos periodos fríos se intercalaban momentos más cálidos, llamados periodos interglaciares. En la actualidad vivimos en uno de ellos, que da nombre a nuestra época: el Holoceno. El resto del Cuaternario se conoce como Pleistoceno.

A efectos de la evolución humana en Europa, el Cuaternario se puede dividir en cuatro grandes etapas. En el Pleistoceno Inferior (hace entre 1,7 millones de años y 780.000 años) se produce el primer poblamiento humano del continente. Los fósiles más antiguos son los del yacimiento de la Gran Dolina en la Sierra de Atapuerca, con unos 800.000 años de edad. Con los fósiles de la Gran Dolina de que disponemos por ahora es, sin embargo, suficiente para concluir que no se trata del Homo ergaster ni del Homo erectus, sino de alguna otra especie humana de características más modernas, es decir, evolutivamente más próxima al Homo sapiens. Su capacidad craneal parece superar los 1.000 cc. Hemos optado por nombrarlo como Homo antecessor. Sus características, por lo que conocemos en estos momentos, la sitúan un poco antes de la división de las líneas evolutivas que habrían de conducir, separadamente, a los neandertales y a nuestra especie. Por ahora podemos, para simplificar, referirnos al Pleistoceno Inferior como el tiempo de los primeros pobladores europeos.

En el Pleistoceno Medio (entre hace 780.000 años y 127.000 años) vivieron y evolucionaron los antepasados de los neandertales. A estos fósiles se le puede aplicar en conjunto un mismo nombre de especie, Homo heidelbergensis. Sus industrias, con bifaces, son del tipo Achelense. En el Pleistoceno Superior cristaliza el tipo humano neandertal, al que también se le puede dar un nombre específico: Homo neanderthalensis. Aunque originarios de Europa, los neandertales salieron de nuestro pequeño continente para poblar el Asia central y el Oriente Próximo. Toda esta época (entre hace 127.000 años y hace 40.000 años) es el tiempo de los neandertales. El tipo de industria que caracteriza a los neandertales es el Musteriense, que corresponde al Modo III.

Sin embargo, hace 40.000 años o poco más, es decir, durante la última glaciación, aparecieron en la Península Ibérica y en Europa unos inmigrantes de origen africano, nuestros antepasados: los primeros representantes europeos de la especie Homo sapiens, conocidos popularmente como hombres de Cro-Magnon o cromañones. Después de un largo periodo de coexistencia (10.000 años o más), los neandertales desaparecieron hace algo menos de 30.000 años, precisamente cuando empezaba la fase más cruda de la última glaciación. Desde entonces somos los únicos humanos y los únicos homínidos sobre el planeta. Llamaremos a los veinte milenios comprendidos entre hace 30.000 años y hace 10.000 años el tiempo de los cromañones. Estos humanos llegan a Europa con su propia tecnología, que es la del Paleolítico Superior o Modo IV. Los últimos 10.000 años forma el Holoceno: el interglaciar en el que vivimos ahora. La domesticación de plantas y animales produjo la llamada revolución del Neolítico, de donde verdaderamente arranca nuestra economía y modo de vivir.

El intervalo de tiempo entre hace 40.000 y hace 30.000 años, la época en la que ya habían llegado los cromañones a Europa y aún no habían desparecido los neandertales, podemos denominarlo el tiempo de la coexistencia de neandertales y cromañones. Aunque diez milenios son pocos a escala geológica, a escala humana son muchos, tantos como ha durado el Holoceno.

Los calpenses

Poco faltó para que a los neandertales se los conociera como calpenses, en honor de un cráneo de tipo neandertal hallado en 1848 en la cantera Forbes en Gibraltar: Calpe es el nombre clásico de Gibraltar. Sin embargo, el hallazgo del cráneo gibraltareño precedió en 8 años al de la cueva Feldhofer en el valle del río Neander (Alemania) que dio nombre al popular tipo humano fósil (Neandertal, significa valle del Neander). El nombre científico Homo neanderthalensis fue creado por William King (1863). Los neandertales son los humanos extinguidos que mejor conocemos, sin ningún género de dudas. Algunos de los rasgos físicos en los que los neandertales son diferentes de nosotros son simplemente arcaísmos, atributos primitivos que nuestros ascendientes también tuvieron, pero que hemos perdido en algún momento de nuestra evolución reciente. Los neandertales desarrollaron sus propias características distintivas. En una característica muy importante, el tamaño del cerebro, los neandertales evolucionaron en paralelo con nuestros antepasados y alcanzaron un desarrollo similar, si no superior. El más grande de todos los cráneos neandertales encontrados procede de Amud (un yacimiento isralelí): su capacidad craneal era de 1.750 cc, de hecho el mayor volumen endocraneal del registro fósil.

Puede deducirse que se produjo un aumento del tamaño del encéfalo tanto en Africa como en Europa en el Pleistoceno Medio (periodo que va de hace 780.000 años a 127.000 años). Hace unos 300.000 años, algunos encéfalos en los dos continentes alcanzaron volúmenes que rondaban ya los 1.400 cc. Lo que caracteriza al Paleolítico Medio es una nueva estrategia de talla llamada método Levallois- que consiste en la preparación meticulosa del núcleo para la obtención posterior del instrumento, una lasca en definitiva: conocido como Modo Técnico III. Las manifestaciones iniciales del Modo Técnico III coinciden, en el tiempo y el espacio, con los primeros encéfalos que alcanzan los 1.400 cc de volumen.

Cómo identificar un neandertal en el metro de Nueva York

Se ha dicho en alguna ocasión que los neandertales eran tan parecidos a nosotros que vestidos a la europea pasarían desapercibidos en el metro de Nueva York. Yo sé que eso no es así. ¿Qué tenían de diferentes los neandertales? ¿Qué les parecerían a los hombres de Cro-Magnon la primera vez que los vieron? Para empezar los neandertales eran muy blancos y los cromañones no tanto. Los neandertales, evolucionados en Europa en latitudes medias y altas, serían más blancos que los cromañones, que se originaron en Africa, por lo menos hasta que los nuevos europeos se adaptaran a las circunstancias locales (y eso les llevaría algunos miles de años). Los neandertales tenían un bien desarrollado toro supraorbitario: es decir, un reborde óseo sobre las cuencas orbitarias. Era muy característico porque, formaba dos arcos de circunferencia que se fusionaban uno con otro en el espacio que queda entre los ojos y sobre la nariz. Por detrás del toro supraorbitario la frente era bastante más aplanada en los neandertales que entre nosotros.

El neurocráneo o calvaria la caja ósea que contiene en su interior el encéfalo- tendía en los cromañones (como en nosotros) hacia la forma esférica, mientras que en los neandertales era muy alargado, con un occipital el hueso posterior del cráneo- proyectado hacia atrás. El esqueleto de la cara en los neandertales era realmente especial, con una morfología única. La abertura nasal estaba situada en una posición muy anterior con respecto de los lados de la cara (más que en nuestra especie). Los huesos nasales se disponían casi horizontales, de tanto como se proyectaban hacia delante. Los huesos maxilar y molar juntos formaban superficies planas orientadas de tal manera que daban a la cara una apariencia apuntada, como de cuña.

Si la morfología facial del neandertal podía describirse, en broma, como de alta velocidad, podríamos añadir que los neandertales iban en quinta marcha, mientras que sus antepasados circulaban en segunda o como mucho tercera velocidad, ya que los rasgos no están tan exagerados, o si se quiere los lados de la cara no estaban tan estirados hacia atrás. Primero se redujo el tamaño de los molares y se empezó a remodelar la cara, y luego tuvo lugar un retroceso de la parte de la mandíbula donde se insertan los músculos de la masticación. Deduzco que los antepasados de los neandertales no intercambiaron genes con otras poblaciones humanas contemporáneas, sino que evolucionaron en Europa en completo (o casi completo) aislamiento genético.

Elvis, la pelvis

Neandertales y hombres de Cro-Magnon no se distinguían unos a otros sólo por los rasgos de la cabeza, sino que se reconocerían a distancia también por la forma y proporciones del cuerpo. No hay desgraciadamente muchos esqueletos antiguos en los que se pueda medir a la vez la anchura de la pelvis y la estatura. De nuevo hemos sido bendecidos en el caso de Atapuerca con el hallazgo en la Sima de los Huesos de abundante material pélvico; a la cadera más completa, que es masculina, le hemos puesto el mote de Elvis.

Existe una asociación muy estrecha en nuestra especie entre el peso de un individuo (en su mejor forma, es decir, sin exceso de grasa) y estas dos variables: la anchura de la cadera y la estatura. Los neandertales tenían grandes caderas, mayores que las nuestras, y, en cambio, una estatura menor. Los neandertales, con sus anchos troncos y sus breves antebrazos y piernas, les parecerían muy compactos a los cromañones. Esta morfología parece responder a una ley conocida como regla de Allen- que se observa entre los mamíferos y también en las razas humanas. Los miembros, brazos y piernas, se alargan en las poblaciones de clima cálido y seco, mientras se acortan en las altas latitudes del hemisferio norte.

El peso corporal calculado para los neandertales es muy grande, superior en promedio al de cualquier raza humana moderna. Los individuos masculinos pasarían con frecuencia de los 80 kg. Con este peso corporal, el cerebro de los neandertales ya no sería, proporcionalmente, tan grande. Mi conclusión, es doble: por un lado, las gentes de la época de la Sima de los Huesos, en Europa y Africa, estaban considerablemente menos encefalizadas que nosotros o que los neandertales, y, por otro lado, no se puede argumentar que los humanos modernos fueran más allá en la encefalización que los neandertales. No tenemos por lo tanto a partir de los fósiles argumentos para suponer a los neandertales menos capaces mentalmente que nosotros; más apropiado sería decir que nosotros somos menos pesados.

La prueba paleontológica apunta hacia Africa como el lugar de origen de nuestra especie. En los esqueletos israelíes (100.000 años) ya encontramos el biotipo y las caderas estrechas de nuestra especie. Como somos bípedos, esta reducción de las caderas supuso una gran ventaja biomecánica a la hora de recorrer grandes distancias por la siguiente razón: al estrecharse al cadera se aproximó el centro de gravedad a la articulación, con lo que se ahorra energía en cada paso. Al mismo tiempo, los huesos, que eran muy gruesos desde Homo ergaster, se hicieron considerablemente más livianos en los primeros humanos modernos.

Las características de los neandertales y otros homínidos arcaicos son objeto de diferentes interpretaciones, aunque hay coincidencia en afirmar que reflejan una gran capacidad física, necesaria dado su estilo de vida. Los primeros humanos que llegaron a Europa eran altos y delgados para los patrones neandertales, aunque todavía muy fuertes en relación con sus descendientes, ya que se produjo una progresiva reducción del tamaño y robustez corporal. Esta tendencia hacia la gracilidad se ha invertido en el último siglo, la mejor nutrición y la mayor movilidad está haciendo las nuevas generaciones más altos y fuertes: volvemos a ser cromañones.

SEGUNDA PARTE. La vida en la Edad del Hielo

CAPITULO 4
El bosque animado

Un primate en un encinar

Del estudio de la distribución geográfica de animales y plantas habremos de concluir que Europa no es un continente favorable para los primates, excepto en el caso de nuestra especie, para la que todos los continentes lo son. El origen de los homínidos, nuestro grupo de primates, está en Africa, como ya se ha visto, y nuestra llegada a Europa es relativamente reciente. Cuando los humanos llegaron a Europa se tuvieron que adaptar a los ecosistemas locales, muy diferentes de la ancestral patria africana. Primero tuvimos que dejar de ser unos primates arborícolas y exclusivamente forestales, en Africa, y más tarde algunos humanos, los que llegaron a Europa, aprendieron a vivir en un clima que ya no era tropical. Si no existiéramos nosotros, sería imposible encontrar un primate en un encinar, un pinar o un hayedo español.

Un cuadro de la vegetación española actual en cuatro trazos

La práctica totalidad de la superficie de la Península Ibérica es potencialmente forestal. Eso quiere decir que estaba cubierta de árboles casi por completo antes de que el hombre, con el hacha y el fuego, abriera inmensos claros para los cultivos y el ganado, así como para explotar la madera. Pero antes de que esto ocurriera, las diferentes especies humanas que han existido apenas modificaron el paisaje vegetal en el que vivían. Los hombres cazaban y recolectaban productos vegetales, y formaban pequeños grupos dispersos; eran tiempos en los que reinaba una armonía en la naturaleza que se ha perdido para siempre. La vegetación de la vieja Hispania se reparte entre dos grandes regiones florísticas (dentro del reino Holártico) que se extienden mucho más allá de nuestras fronteras. Estas son: a) la región Eurosiberiana, que ocupa la franja vascocantábrica, Galicia, el norte de Portugal y los Pirineos; y b) la región Mediterránea, a la que corresponde el resto del tapiz vegetal del solar hispano.

Esta división de la vegetación ibérica en dos grandes regiones, una seca y otra húmeda, no es en realidad tan drástica. Por un lado, en numerosos lugares de la costa cantábrica se pueden ver encinares, tanto en enclaves más secos como en la proximidad del mar, que suaviza los fríos y heladas invernales. Por otro lado, también se encuentran bosques caducifolios en la región mediterránea en lugares donde hay suficiente humedad todo el año. Tal vez sería más realista dividir la vegetación ibérica en una zona de influencia atlántica, otra mediterránea (que es la predominante), y amplias regiones interiores de características intermedias, subatlánticas o submediterráneas.

Esta diversidad ecológica hizo que en el Cuaternario ibérico con frecuencia los cazadores prehistóricos pudieran encontrar en una pequeña porción de territorio animales propios de los roquedos y de las cumbres montañosas, junto con habitantes de bosques y prados, y consumidores de los grandes herbazales. Por otro lado, la misma variedad de hábitats en poco espacio que caracteriza a la naturaleza ibérica hace que le resulte imposible al investigador asignar una asociación de fósiles de un yacimiento a un único medio, porque a menudo los herbívoros proceden de diversas comunidades y han sido acumulados juntos por los depredadores o por el hombre.

El mundo perdido

El clima del planeta era más cálido y también la humedad era mayor antes del Cuaternario y, como puede imaginarse, la vegetación de la Península era diferente de la actual. Por decirlo de alguna manera, era más tropical. En el Mioceno y Plioceno ibérico había bosques templados de robles, fresnos, avellanos y alisos, pero también existían grandes bosques con muchas especies que hoy en día no tienen equivalentes en la región.

Los hielos en la Península Ibérica

En el máximo glaciar de hace 21.000-17.000 años, el clima debió de ser muy rudo en toda Europa. El nivel del mar descendió hasta unos 120 m respecto del nivel actual. En la Península Ibérica la temperatura media anual era unos 10º-12º C más fría que la actual. Simplificando al máximo lo que representó el cambio climático, es como si la Península Ibérica se moviera 2.000 km hacia el norte o se levantara más de un kilómetro y medio sobre el nivel del mar. En la Península Ibérica parece que por encima de los 700 m de altitud la temperatura media anual no subiría de los 3º C en la época de máximo glaciar. También las cumbres de las principales montañas peninsulares se vieron cubiertas por las nieves perpetuas.

En aquella fría Península Ibérica hubo muchos glaciares de montaña, tanto de circo como de valle, en los Pirineos, Sistema Central, Sierra Nevada, montañas Galaico-Leonesas, Cordillera Cantábrica y Sistema Ibérico. Algunos alcanzaron desarrollos de más de 30 km y espesores de hielo a veces superiores a los 400 m. En Sierra Nevada se produjo el glaciarismo más meridional de Europa. Aquí se formaron muchos glaciares de circo, pero también se desarrollaron glaciares de valle, como los de las cabeceras de los ríos Lanjarón y Genil.

Es posible que los neandertales y sus antepasados nunca conocieron los glaciares en la Península, salvo en los Pirineos: no hacía tanto frío como el que luego tuvieron que soportar los hombres de Cro-Magnon. A lo largo del Cuaternario, cada vez que una glaciación se enseñoreaba de Europa, el paisaje cambiaba drásticamente. Los grandes mantos de hielo ocupaban una parte considerable de las tierras del norte. En una ancha banda que se extendía ampliamente al sur al frente de los hielos, se daban unas condiciones climáticas que se llaman periglaciares, donde el suelo está permanentemente helado hasta muchos metros de profundidad (permafrost). En este sustrato helado no pueden hundir sus raíces los árboles, y el paisaje es una tundra cubierta de musgos, líquenes y hierbas. Al sur de las tundras una parte del continente estaría cubierta por inmensos bosques de coníferas del tipo de las taigas, los bosques boreales. Pero también en extensas áreas alejadas de las costas y un clima muy continental determinaría un paisaje de estepas desprovistas de árboles y con poca protección vegetal del suelo. Finalmente, en la parte meridional del continente, en algunos enclaves de clima más suave y mayor humedad, se perpetuarían los bosques caducifolios de robles, hayas y demás, y en las costas más cálidas del Mediterráneo los encinares.

Desde finales del Pleistoceno, en los últimos 10.000 años, se ha venido produciendo la expansión por la práctica totalidad del territorio peninsular de los bosques mixtos de frondosas caducifolias y de los bosques de encinas y alcornoques. El resultado final es que Iberia toda se convirtió en un bosque.

CAPITULO 5
¡Vienen los renos!

El mamut que surgió del frío

¿Cómo se formó un fósil tan especial? El cadáver del mamut congelado no estaba encerrado en un bloque de hielo, como podría pensarse. No hay gigantescos cubitos de hielo con mamuts dentro en las heladas tierras árticas. Los mamuts se conservan enterrados en el helado suelo de la tundra, el permafrost, hasta que la erosión de un río o una obra humana hace que se asomen. De este modo nos han llegado no sólo los huesos de los mamuts, sino en muchos casos también restos más o menos completos de su piel, pelos, carne, y hasta vísceras que permiten saber incluso lo que habían comido poco antes de morir.

Los mamuts (de la especie Mamuthus primigenius) que conocieron en Iberia nuestros antepasados los hombres de Cro-Magnon no eran tan altos como los elefantes africanos actuales, pero aún así eran imponentes y compactos paquidermos, con grandes y curvadas defensas que se enrollaban en espiral, Su cabeza era un tanto apepinada. Naturalmente sus orejas eran pequeñas, por el frío. Los mamuts de los que estamos hablando tenían mucho pelo para protegerse del frío: eran mamuts lanudos. Tenían largos pelos (se han encontrado algunos de casi un metro) y una borra fina, y debajo de la piel una gruesa capa aislante de varios centímetros de grasa.

La Edad del Reno

El mamut lanudo es el representante más típico del clima frío. Cuando terminó la última glaciación, los mamuts desaparecieron con ella. Otro gran mamífero igualmente cubierto de pelo, el rinoceronte lanudo (Coelodonta antiquitatis), también se extinguió cuando se fundieron los hielos pleistocenos. A decir verdad, el mamut, el reno, el buey almizclero y el rinoceronte lanudo formaban tanto parte de las tundras como de las estepas, hasta el punto de que algunos autores se refieren a este conjunto de especies como las faunas de tundra-estepa de mamut. El mamut lanudo, el rinoceronte lanudo, el reno y el antílope saiga entraron en Europa desde Siberia y Asia Central y son elementos típicos de la última glaciación, aunque en algunos yacimientos se registren ya en anteriores épocas frías. El caso del buey almizclero es muy interesante. Este tipo de animales parece haber sido más bien propio de los ambientes esteparios de Eurasia durante el Pleistoceno, adaptándose al clima frío en la última glaciación y convirtiéndose desde entonces en una especie ártica. Al zorro ártico podría haberle ocurrido lo mismo.

Además de los fósiles tenemos otra forma de conocer a los animales que convivieron con nuestros antepasados. Se trata de las representaciones de animales pintados o grabados en las paredes rocosas (arte parietal o rupestre) o sobre placas de piedra y en soportes orgánicos de hueso, marfil y asta (arte transportable, llamado mobiliar o mueble). Todas fueron realizadas por el hombre de Cro-Magnon. Lo apasionante de estas manifestaciones del arte paleolítico es que nos permiten contemplar al mítico mamut, al poderoso rinoceronte, al temible león, y al gigantesco oso de las cavernas a través de la mirada del hombre prehistórico. España y Francia tienen el privilegio de ser los países de Europa en los que se encuentran la mayoría de las manifestaciones del arte rupestre paleolítico.

La distribución geográfica del reno es interesante por ser una especie indicadora de condiciones climáticas muy fría y de ambiente de tundra o tundra/taiga. Hasta tal punto se asocia con la última glaciación que a ésta se le ha llegado a llamar la Edad del Reno. En la Península Ibérica, cuando los restos aparecen en contextos arqueológicos, la presencia del mamut, del rinoceronte lanudo y del antílope saiga se detecta sólo en niveles del Paleolítico Superior y correspondientes a los humanos modernos. En el registro fósil cantábrico se han identificado algunos restos del espectacular cérvido Megaloceros giganteus tanto en niveles con ocupaciones de neandertales como de cromañones. Aparte de los herbívoros que hemos mencionado, en la última glaciación había también corzos (una especie indicadora del bosque), así como un équido extinto de menores dimensiones que el caballo (Equus hydruntinus). No nos debemos olvidar tampoco del otro primate europeo, el macaco de Berbería.

Algunos de los carnívoros de la última glaciación nos resultan familiares, como el gato montés, el lince, el zorro común y el lobo. En cambio pocas personas conocen en Europa al cuón, un pariente de estos dos últimos. Hay varias pruebas de la presencia en la Península durante la última glaciación del glotón, que no es una persona con desmesurada afición a comer, sino el más grande de los mustélidos.

Tanto los hombres de Neandertal como los de Cro-Magnon convivían y competían con los leopardos y leones. Pero si neandertales y cromañones han sido llamados hombres de las cavernas, hay un oso que se merece tanto el adjetivo de cavernario que forma parte de su nombre científico: Ursus spelaeus, literalmente oso de las cavernas. Se trataba de unos animales que llegaron a alcanzar tamaños gigantescos, por encima de los de los osos pardos actuales. El oso de las cavernas era una especie casi exclusivamente europea, y vivía tanto en los bosques templados como en las estepas frías. En cambio no parece haber sido un animal del mundo mediterráneo. Al lado del oso de las cavernas y sus antepasados se encuentran en el Cuaternario europeo los osos pardos, aunque sus fósiles son más raros. Por último, en más de una ocasión los neandertales y los cromañones se disputarían las carroñas con las temibles hienas manchadas. Las hienas rayadas eran menos peligrosas, aunque no por eso dejaban de ser eficaces carroñeras, parecen haber sido menos frecuentes en la Península que las hienas manchadas.

La montaña mágica: Atapuerca

La Sierra de Atapuerca es una gran loma de piedra caliza. Esta caliza se formó en el fondo del mar, hace más de 85 millones de años, dentro del último periodo (el Cretácico) de la Era Secundaria o Mesozoico, la era de los dinosaurios. Más tarde, ya en el Cenozoico o era de los mamíferos, las gigantescas fuerzas que mueven la corteza terrestre hicieron que las calizas emergieran y se deformaran formando una pequeña montaña. Una vez retiradas para siempre las aguas marinas, la erosión arrasó la cumbre de la Sierra de Atapuerca, que ahora tiene un techo plano con una altura máxima de 1.082 metros sobre el nivel del mar.

La Sierra de Atapuerca se encuentra en la esquina nororiental de la gran cuenca del Duero, a pocos kilómetros de la Sierra de la Demanda, que es parte del Sistema Ibérico. El río Arlanzón circula a escasa distancia de las faldas meridionales de la Sierra de Atapuerca. Las cuevas de la Sierra de Atapuerca, en las épocas en las que se formaron los yacimientos, estaban próximas a la orilla del río. Podemos imaginarnos a los hombres prehistóricos oteando desde las laderas de la Sierra los herbívoros que pacían tranquilamente en la panda vallonada del Arlanzón.

Los tres yacimientos en los que se ha trabajado más hasta la fecha se nombran como Gran Dolina, Galería y Sima de los Huesos, y están muy cerca unos de otros. Hay en ellos fósiles desde cerca de un millón de años hasta más o menos un cuarto de millón de años. Los paleontólogos que estudian los fósiles de animales de estos yacimientos son Gloria Cuenca, especialista en roedores, Nuria García, que investiga los carnívoros, y Jan van der Made, que es nuestro experto en herbívoros, junto con la paleobotánica Mercedes García Antón. La fauna de grandes mamíferos que habitaba en la época antigua la Sierra de Atapuerca era muy variada. Empezando por los herbívoros, había entonces grandes rinocerontes de dos cuernos, jabalíes, caballos, ciervos, gamos y probablemente corzos. También había megaceros primitivos. De estos niveles inferiores de la Gran Dolina procede un magnífico cráneo de bisonte. Por sorprendente que parezca, los hipopótamos han vivido en la Península Ibérica hasta la llegada de los fríos de la última glaciación, y los castores no han abandonado nunca el continente europeo, aunque se extinguieran en la Península.

Veamos ahora quiénes eran los cazadores en aquellos antiguos ecosistemas de la Sierra de Atapuerca. El depredador máximo era un gran félido de diente de sable, el Homotherium latidens, este gran gato del tamaño de un león, desapareció de Europa hace medio millón de años. Otro gran félido de la época era el jaguar europeo, la Panthera gombaszoegensis, que se extinguió hace unos 4000.000 años. Un felino más pequeño es el lince. Entre los cánidos, se han encontrado restos de dos especies: el Vulpes praeglacialis, un antepasado del zorro ártico y el Canis mosbachensis, un lobo de pequeño tamaño. Este cánido se hizo grande, convirtiéndose en la especie actual de lobo, hará unos 400.000 años. Los niveles inferiores de la Gran Dolina han proporcionado los restos más antiguos de Europa de hiena manchada, un carnívoro social y poderoso competidor de los humanos, tanto en la caza como en el aprovechamiento de las carroñas.

Tenemos también muchos fósiles de animales de una época posterior en los yacimientos de la Galería, Sima de los Huesos y parte alta de la Gran Dolina. En conjunto, estos depósitos van desde hace poco menos de medio millón de años hasta hace un cuarto de millón de años. Entre los herbívoros sigue habiendo caballos, gamos, ciervos, megaceros, bisontes y rinocerontes. Entre los roedores de gran tamaño, se siguen encontrando en la segunda época de Atapuerca marmotas y puerco espines. La asociación de carnívoros de la Sima de los Huesos incluye numerosas especies. La mejor representada es un antepasado del oso de las cavernas, llamado científicamente Ursus deningeri. Hay también lobos y zorros, así como linces, se encuentran también leones. En los yacimientos de Atapuerca sólo se han recuperado hasta la fecha dos restos, no clasificables, de elefante. Hablemos ahora un poco de plantas.. En el registro polínico de la Sierra de Atapuerca se han encontrado pólenes que nos cuentan que los bosques no eran, en general, diferentes de los que hoy pueden encontrarse allí mismo. Como puede fácilmente deducirse de la lista de especies fósiles, hubo una extraordinaria diversidad animal y vegetal en la Sierra de Atapuerca en todo el Pleistoceno.

La Sierra de Atapuerca es un lugar único en el mundo, porque documenta como ningún otro los cambios en los climas y en los ecosistemas, en la tecnología humana, y en los propios seres humanos y su comportamiento a lo largo de un dilatadísimo periodo de tiempo, que abarca el último millón de años por lo menos. Aquí se han encontrado los fósiles humanos más viejos de Europa, y con ellos se ha nombrado una nueva especie. Se ha descubierto el más antiguo caso de canibalismo y la más antigua práctica funeraria. Ese excepcional registro paleontológico y arqueológico la convierte en uno de los mejores conjuntos de yacimientos del mundo, en el lugar más histórico de Europa y en el corazón de roca de España: en una montaña mágica.

CAPITULO 6
La gran extinción

¿Un sexo fuerte o dos sexos fuertes?

El dilema cazador/carroñero es un tema que abordaré más adelante. Ahora me ocuparé de otro dilema no menos importante: la disyuntiva hombre cazador/mujer recolectora. Cuando se compara el ciclo vital humano, las edades de la vida, con el de nuestros más próximos parientes actuales, las dos especies de chimpacés, se observan diferencias importantes. Parecen que todas las etapas de la vida están uniformemente alargadas en nuestra especie. Pero no es así. Las hembras de los chimpacés son fértiles hasta prácticamente el día de su muerte. Las mujeres, por el contrario, se vuelven estériles mucho antes de ser fisiológicamente viejas.

Kristen Hawkes, James O´Connell y Nicholas Blurton Jones piensan que la menopausia se ha producido para que las madres ayuden a sus hijas a sacar adelante a sus nietos: ésta es la llamada hipótesis de la abuela. Esta conducta de las hembras que comparten el alimento primero con sus propios hijos y más tarde con los de sus hijas es exclusiva de los humanos, ya que en otras especies (como los chimpacés) las hembras sólo comparten el alimento con sus hijos, y se desinteresan de sus nietos. Por otro lado, la hipótesis de la abuela sólo puede funcionar si las hijas se quedan al lado de sus madres cuando se hacen adultas, y no emigran. Entre los chimpacés, por el contrario, las hembras emigran al alcanzar la madurez sexual, y pierden el contacto con sus madres. Parece, después de tanta especulación, que nos vamos a quedar sin saber por qué razón existe la menopausia, es decir, por qué al hacerse más larga la vida de las mujeres no siguieron ésta teniendo hijos. En una dimensión individual no creo que llegue a encontrarse una solución satisfactoria al problema. Yo la buscaría más bien en el marco teórico de la selección a un nivel superior, el de los grupos que comparten entre sí. Esa vía de investigación, que es la que da sentido al comportamiento social y cooperativo, dentro del cual caben tanto las abuelas que desentierran tubérculos para algunos de sus nietos (exclusivamente), como los padres y abuelos que cazan para todo el grupo.

De todo lo dicho se sigue, a mi juicio, una conclusión. Los seres humanos con una economía de cazadores y recolectores son muy adaptables, y lo que hay que preguntarse es cuándo empezó esa flexibilidad ecológica. Yo pienso que hace dos millones de años, y que eso fue lo que hizo posible que el hombre saliera de Africa. Lo que habrá que tratar de averiguar, en consecuencia, es qué modelo de economía cabe atribuir a los pobladores prehistóricos de la Península y qué papel jugarían en él los dos sexos.

La busca

En todo caso, ni siquiera con productos vegetales puede el hombre sostenerse en unos ecosistemas de carácter marcadamente estacional como son los de Europa y gran parte de Asia; ni en un periodo cálido como el presente, ni mucho menos durante las glaciaciones. La carne y grasas de los animales han tenido que ser un recurso imprescindible para la supervivencia humana en nuestras latitudes y más al norte. Queda por mencionar un tipo de alimentación basada en productos animales que, en cierto sentido, puede considerarse más recolección que caza. Me refiero al marisqueo de moluscos y crustáceos y a la pesca en los ríos y estuarios o en las zonas de marea.

¿Cazadores o carroñeros?

Ya hemos visto que los hombres prehistóricos de la altas latitudes (lejos del Ecuador) tendrían necesariamente que recurrir a la dieta carnívora para completar los aportes de calorías de origen vegetal. En la mayor parte de los casos los humanos accedieron a la carne de los cadáveres antes de que lo hicieran los carnívoros, ya que las marcas de los dientes de éstos se superponen a las trazas de descarnamiento realizadas por los humanos con los bifaces, trazas que serían por lo tanto anteriores. La conclusión es que los humanos eran cazadores y no carroñeros: se basa en que el hombre parece haber sido el único cazador que prefiere concentrar sus esfuerzos en los adultos jóvenes antes que en los individuos inmaduros y en los seniles, que son en cambio las presas más habituales de los lobos, félidos y hienas.

Las lanzas de Schöningen

El yacimiento de Schöningen está a unos 100 km al este de Hannover. Hasta la fecha, Hartmut Thieme ha encontrado en Schöningen cuatro lanzas bien conservadas. Estas lanzas están hechas con troncos de árboles jóvenes (no con ramas) de picea. Hartmur Thieme cree que fueron diseñadas para ser lanzadas, o sea, que eran más jabalinas que picas. En el yacimiento de Schöningen abundan los restos de caballo, que muestran también marcas de despiece y de descarnación: en las orillas de un lago hace 400.000 años.

Cacerías de elefantes en el altiplano

Pero ya que estamos hablando de caza mayor, ¿por qué no ocuparnos de la mayor de todas las cazas posibles sobre la superficie del planeta, la caza del elefante? Los nombres de dos pueblos sorianos, Torralba del Moral y Hambrona, han ocupado desde hace muchos años un lugar importante en las páginas de los manuales de Prehistoria en todas las universidades del mundo: se han encontrado numerosos restos de elefantes fósiles asociados a bifaces y otros instrumentos de piedra en terrenos de esos pueblos, en el valle del río Hambrona o Mansegal (un afluente del Jalón). Muchos investigadores han creído que los elefantes fueron cazados por los seres humanos, algo después de la época de las lanzas de Schöningen. Otros científicos piensan que los yacimientos han sido mal interpretados y que nunca tuvieron lugar las escenas de caza del elefante tantas veces reproducidas.

Los primeros humanos modernos de Europa, los auriñacienses, tenían diferente constitución física (eran una especie distinta), con caderas y tronco más estrechos, pero eran asimismo muy fuertes. Sin embargo, el esqueleto de los hombres de Cro-Magnon se hace más ligero a lo largo del Paleolítico Superior. La explicación para esta disminución en la robustez puede estar en la aparición en el escenario de la caza de nuevas y mortíferas armas: el propulsor y el arco y la flecha. Estas revolucionarias formas de matar a distancia (el propulsor y el arco) cambiaron sin duda el equilibrio entre el hombre y sus presas. Muchos autores creen que la ruptura de este equilibrio, producida por la tecnología, acabó en la extinción de numerosas especies de mamíferos: por primera vez el ser humano estaría generando un impacto ecológico de gran escala, que no sería por lo tanto un pecado moderno y exclusivo de las sociedades industriales.

El último mamut

Los mamuts lanudos son quizás los animales más emblemáticos de la Edad del Hielo, el Pleistoceno. Cuando éste terminó y dio comienzo el Holoceno, los mamuts lanudos se desvanecieron para siempre junto con los megaceros, los rinocerontes lanudos y los osos de las cavernas. Su desaparición se databa hace 12.000 años en Europa, 11.000 años en Norteamérica y 10.000 años en el norte de la región central de Siberia, aparentemente su último refugio siguiendo el retroceso de los hielos. Estas fechas eran perfectamente compatibles con la hipótesis de la caza humana como causa directa de la desaparición de los mamuts. Autores rusos son partidarios de la teoría de que la gran extinción de los mamuts a finales del Pleistoceno se debió a que el cambio climático afectó a las plantas de las que se alimentaban en su ecosistema de estepa / tundra, y sostienen que la supervivencia de los mamuts en la isla de Wrangel se debió a que en este lugar se conservó más tiempo el hábitat al que estaban adaptados.

TERCERA PARTE. Los contadores de historias

CAPITULO 7
Un regalo envenenado

El descubrimiento

Y entonces ocurrió. Se produjo un descubrimiento sensacional, el primero de los grandes hallazgos del pensamiento. Los homínidos comprendieron que ellos, todos ellos, estaban destinados a morir. Este descubrimiento no fue más que el resultado de un análisis elemental, de pura lógica, pero que ninguna otra criatura ha realizado jamás.

No sabemos cuándo se alcanzó el conocimiento de la inevitabilidad de la muerte, quiénes fueron los primeros seres vivientes que tomaron consciencia de ella, pero sin duda ya estaba presente hace 300.000 años en la mente de los pobladores de la Sierra de Atapuerca. La capacidad mental superior era un regalo envenenado.

Muchos pensadores, como Fernando Savater, creen que la consciencia de una muerte de la que no podemos escapar, hagamos lo que hagamos, nos hizo verdaderamente humanos.

La duración de la vida en la prehistoria

Muchas personas me dicen con frecuencia: antes, en la prehistoria, la gente vivía muy poco; la esperanza de vida era muy baja, se moría muy pronto. Los pocos hombres de la época de las pinturas de Altamira que llegaban a los treinta años ya eran muy ancianos. La primera afirmación es en parte cierta: la edad promedio de muerte era muy inferior a la actual en España, y en parte falsa: no todo el mundo se moría antes de los treinta años. La segunda afirmación es rotundamente falsa: los hombres y mujeres de Altamira eran tan viejos (biológicamente) a los treinta años como cualquiera de nosotros a esa edad.

Erik Trinkaus, el mayor especialista actual en neandertales, ha llevado a cabo la tarea de recopilar las edades de muerte de todos los neandertales conocidos, y elaborar con ellas una tabla paleodemográfica. En total contabilizó 206 neandertales. Sabemos que la mortalidad anterior a los 5 años representaría entre los neandertales un 40 por ciento del total, tal vez incluso más; en otras palabras, casi la mitad de la población se moriría antes de cumplir los 5 años. La mortalidad decaía luego entre los juveniles y adolescentes, para volver a subir en los adultos. Este patrón en forma de U es común a todas las poblaciones de mamíferos.

Sin embargo, en las tabulaciones de los neandertales aparece un fenómeno sorprendente: hay muchos menos adultos viejos (mayores de 40 años) de lo que sería esperable. Con tal mortalidad y tan baja esperanza de vida en el nacimiento haría falta una gran fertilidad para que las poblaciones neandertales fueran demográficamente viables. Por otra parte, dado que los neandertales eran de desarrollo lento, como nosotros, la muerte temprana de los padres dejaría varios huérfanos todavía muy necesitados de cuidados. No, decididamente los neandertales viejos que faltan tienen que haberse metido en alguna parte.

Si las cuevas donde se han encontrado sus restos sólo eran altos en el camino, paradas en el vagabundeo de los grupos de neandertales por territorios muy amplios, entonces es posible que la mayor parte de los ancianos se fueran quedando por el camino, entre una cueva y otra (o entre dos visitas a la misma cueva), y por eso se encuentran menos de los esperables en los yacimientos: simplemente no llegaban hasta el refugio. Una combinación de esta hipótesis con otras explicaciones métodos de diagnóstico de edad de muerte que rejuvenecen a los mayores, y una esperanza de vida muy baja- puede ser la solución definitiva a la escasez - que no ausencia- de neandertales viejos en los yacimientos.

¿Qué pasó en la Sima de los Huesos?

Las poblaciones animales son muy sensibles a oscilaciones ambientales, y sus tamaños se reducen en las épocas de penuria para multiplicarse en las de abundancia. Cuando la crisis en muy severa todo muere en la región afectada: plantas, herbívoros, carnívoros. También los humanos. Pero los grupos humanos no esperan pasivamente a que la crisis pase. Se mueven buscando áreas más favorables. En el camino se van quedando los miembros más débiles y menos móviles: niños, ancianos, enfermos, impedidos. Se produce así una selección por edades: los adolescentes y los adultos jóvenes resisten en mayor número. Algo así pudo suceder hace 300.000 años en la Meseta. Los grupos humanos se pusieron en marcha buscando tierras más favorables. Por sus especiales características ecológicas y geográficas la Sierra de Atapuerca era uno de esos refugios. Algunos individuos, los más fuertes, consiguieron llegar hasta su montaña refugio después de dejar a muchos de sus compañeros por el camino. Una vez en la Sierra continuó por un tiempo la escasez y la mortandad, o simplemente muchos individuos llegaron tan débiles hasta ella que no resistieron por más tiempo. Los afortunados supervivientes buscaron un lugar recóndito donde acumular los cadáveres de sus compañeros, para ponerlos a salvo de los carroñeros. Lo encontraron en una cueva a la que se accedía por un pequeño resquicio. La cueva era grande, pero nunca había sido ocupada por los humanos dada la angostura del acceso y la escasez de luz en su interior, aunque los osos la utilizaban año tras año para hibernar. En un rincón de la cueva, no lejos de la entrada, había un misterioso pozo de 14 metros de profundidad, cuyo final no se alcanzaba a ver desde la boca. Allí dejaron caer los cuerpos de sus deudos, en lo que constituye la primera evidencia de una práctica funeraria.

Pasó la crisis y las poblaciones animales y humanas se recuperaron. Todo continuó como había sido siempre en las tierras interiores de la Península. Pero en una sima de una cueva burgalesa quedaron los cadáveres de al menos 32 seres humanos de hace 300.000 años. Algún tiempo después la entrada de la cueva se cegó por causas naturales y ya no entraron más osos a hibernar en ella. Nadie volvió a visitar la Sima antes de que lo hicieran unos humanos en el siglo XX.

Resumen incompleto realizado por el autor de la web.


Volver a Artículos Antropología | | Ir a Antropología | | Ir a PortalCiencia